Luces sin sombras
Lola Garrido

La luz es el primer animal visible de lo invisible.
José Lezama Lima

La verdad existe, sólo se inventa la mentira.
Georges Braque, Pensées sur l'art

Extraña se vuelve la apariencia del retrato cuando, fríos e inertes, salen los rostros del espejo. Jorge Fuembuena dibuja el mundo con una mirada luminosa, que atraviesa el resplandor y enciende una definida confusión sensorial. Un estilo de fotografía a tiempos lúcida en su casi invisibilidad. Una estética visual que hace pensar en el ideal, estático, transparente, y en el trabajo atemporal de los románticos modernistas; una manera de ver no saturada, y altamente subjetiva, tan distanciada emocionalmente que roza lo impersonal.

El dramatismo que provoca la plena luminosidad, y que alcanza a cegar la visión, invoca lo celestial y nos devuelve una imagen más nítida.

La fotografía de Jorge Fuembuena está ausente de sombras. Más allá de los límites blancos, en sus imágenes prevalece una pétrea quietud provocada por sus radiantes personajes, capaces de extender un halo de luz e infundir una poderosa ilusión en el espectador. Observando las imágenes de Fuembuena, se tiende a pensar que la luz está aún por llegar, que ha desaparecido lo perceptible y que, en un inmediato instante, advendrá algún hilo de oscura sombra.

Roland Barthes afirmaba en su ensayo La cámara lúcida (1980) que si no se podía ahondar en la fotografía era a causa de su evidencia. En tiempos, la fotografía servía para plasmar una realidad insondable, era como una viva huella de un momento irrepetible. La fotografía contemporánea también es escritura de luz, pero su lenguaje es el cepo perfecto para una trampa. Buen ejemplo de estas coordenadas estéticas es la fotografía de Jorge Fuembuena, un ejercicio de plena luminosidad hasta hacerlo mágico, donde enfrenta la transparencia en las formas límpidas de la imagen a destellos de oscuros signos que entrañan gran dificultad para descifrar si el mensaje es real o inventado.

Sus tomas llevan implícito un cierto misterio o conllevan algo inesperado sin dar a conocer sus secretos. Y, si seguimos hablando el idioma corriente de los tópicos, atracan sobre verdades que mantienen su importancia a medida que el tiempo avanza. Para decirlo brevemente, estas fotografías cuidadosamente seleccionadas no sólo son bellas, sino que se encuentran en el punto más alejado de lo trivial y lo gratuito. Jorge nos atrapa con una luminosidad fantástica para capturarnos, desplegando una atmósfera poética y misteriosa, que nos envuelve, seduce y cautiva, haciéndonos creer que estas borrosas imágenes fotográficas son la perfecta representación de lo real.

Y de esa manera define, en buena medida, al arte de la posmodernidad, ya que defiende una estética depurada que encierra un discurso irónico y penetrante. En esta dirección, el arte emergente actual toma contacto espiritual con el movimiento manierista. Las depuradas maneras, envueltas en un entorno de gracia, no son más que una máscara de complicados vericuetos morales.

En la fotografía de este autor se adivina una delicada síntesis que emana de la ironía. Sus personajes se representan concentrados, inquietos, formando parte de escenarios ideados a partir de un discurso de estudiada iconografía. Aby Warburg –padre de la corriente iconológica– despedazaría cada ademán en busca de notas reveladoras de personalidad. Una condición que descubre al retratado, que recurre al inconsciente colectivo, que revela más datos de los que muestra la simple apariencia.

Un discurso que encierra menos claridad de la que aparece. Y para ilustrar una de las series con mayor perspectiva, Fuembuena recluta a un grupo de personajes para encararlos de espaldas a la realidad. Son retratos que consiguen inquietar, que imprimen un sello propio. La misma sensación impaciente se desprende en las series de paisajes Holidays. Este ciclo de imágenes enfrenta a una reflexión sobre la artisticidad; en primera instancia, parecen instantáneas comunes, cotidianas, de temáticas mundanales. Sólo un acercamiento en profundidad conduce a una introspección crítica, que alcanza una dimensión metafísica: una especie de concentración extática entre el hombre y su mundo.

Light without Shadows
Lola Garrido

Light is the first animal of the invisible.
José Lezama Lima

Truth exists, only falsehood has to be invented.
Georges Braque, Pensées sur l'art

The portrait’s appearance becomes strange when cold and inert faces emerge from the mirror. Jorge Fuembuena draws the world with a luminous gaze that crosses the glow and triggers a definite sensory confusion, a style of photography that at times is lucid in its near invisibility. His is a visual aesthetic that makes one think of what is ideal, static and transparent, and of the timeless work of modernist romantics, a non-saturated, highly subjective way of seeing, so emotionally distant that it is almost impersonal.

The dramatism provoked by this full luminosity that can even blind us invokes the celestial and returns a clearer image to us.

Jorge Fuembuena’s photography is free of shadows. Beyond their white boundaries, a stony calm prevails in his images, caused by their radiant characters capable of extending a halo of light and inspiring in the viewer a powerful illusion. Observing Fuembuena’s images, you tend to think that the light has still not arrived, that the perceptible has vanished and that some thread of a dark shadow will arrive immediately.

In his essay Camara Lucida (1980), Roland Barthes asserted that if you couldn’t delve deeply into photography it was because of its evidence. In the past, photography was used to record an unfathomable reality; it was like a live trace of an unrepeatable moment. Contemporary photography is also light writing, but its language is the perfect bait for a trap. Jorge Fuembuena’s photography is a good example of these aesthetic coordinates, an exercise in full luminosity that becomes magic where the transparency in the image’s limpid shapes confronts sparks of dark signs that make it very difficult to decide whether the message is real or invented.

His shots imply a certain mystery or bear something unexpected without revealing any secrets. And if we continue to speak the normal language of commonplaces they touch on truths that continue to be important as time advances. To put it briefly, these carefully selected photographs are not only beautiful, they are as far as they can possibly be from what is trivial or gratuitous. Jorge traps us with a fantastic luminosity and deploys a mysterious poetic atmosphere that envelops, seduces and captivates us, making us believe that these blurred photographic images are the perfect representation of what is real.

And in doing so, he defines post-modern art in good measure, because he defends a purified aesthetic that encloses an ironic, penetrating discourse. In this direction, current emerging art makes spiritual contact with the mannerist movement. Refined manners, wrapped in a gracious environment are no more than a mask for complicated moral difficulties.

In this artist’s photography one senses a delicate synthesis emanating from irony. His characters are shown as concentrated yet uneasy and they are part of settings that have been devised based on a discourse of studied iconography. Aby Warburg – the father of the iconological trend – would tear apart every gesture in search of telling notes on personality, a condition that reveals the portrait’s subject by resorting to the collective unconscious, which offers more data than what is shown by simple appearance.

This discourse contains less clarity that it seems, and to illustrate one of the series with greatest perspective, Fuembuena recruits a group of characters to bring them face to face with their backs to reality. These are portraits that disturb, that bear a personal seal. The same impatient sensation is produced by the Holidays series of landscapes. This cycle of images confronts a reflection on “artisticity”; at first they seem to be ordinary everyday snapshots of mundane subjects. Only a closer approach leads to a critical introspection that reaches a metaphysical dimension: a kind of ecstatic concentration between the human being and his world.

A song for my mother
Jorge Fuembuena y Alejandro Ramírez.

¡Únete, no nos mires!

Por Susana Blas

Fue viajando en avión a una ciudad del norte. Un viaje corto y un relato largo. Ya ha transcurrido una década y no he olvidado los detalles. Recuerdo que iba a impartir una conferencia sobre vídeo y género, y repasaba mis notas apoyada en la mesita del avión. A mi lado se sentó una mujer joven que hacía notar su elevadísima clase social con una estrafalaria parafernalia que se desbordaba en bolso, maquillaje, joyas, peluquería y vestuario costosísimos.
De vez en cuando su mirada triste, empastada en rímel, se paseaba entre mis notas y de reojo planeaba curiosa entre las imágenes de arte feminista que yo trataba de organizar en mil fotocopias deslavazadas. De pronto algo le picó Alguno de esos referentes le hicieron hablar. Un viaje corto y un relato largo. Y lo contó todo.

Un monólogo triste durante la hora que duró el trayecto en el aire y que nos mantuvo tanto a mí, como al resto de pasajeros, soportando un silencio pétreo. El testimonio de una mujer maltratada que aguantó humillación y golpes en silencio, por el terror a perder su estabilidad económica y a aceptar el fracaso personal; y que solo denunció, cuando el marido golpeó también a sus hijos. Un retrato de miedo y silencio.

Me sorprendió descubrir que teníamos la misma edad porque para nuestros treinta años recién cumplidos su piel me pareció cuarteada, los párpados deslavados, las pestañas falsas y los labios: perfilados como los de una muñeca, sobre una boca inexistente.

Parecía no tener boca, como alguna de las mujeres de los retratos de Fuembuena Las imágenes de reyes y dignatarios que altivas nos reciben en la exposición, tampoco tienen boca aunque susurren detrás de sus máscaras. Como aquellos personajes ilustres, ahora intervenidos por el bisturí digital, mi compañera, de un primer vistazo mantenía una pose regia,y una careta estudiada al detalle. Solo la observación atenta, como en las fotografías de nuestra galería, dejaba adivinar unas ojeras amoratadas del mucho llorar, y la piel tan cuarteada como un viejo lienzo Se asemejaba a la joven esposa que en una de las obras de la galería luce el camafeo con el retrato de su marido mientras aguanta una dramática tensión interior Por eso terminó desmoronándose detrás de sus alhajas

Aunque el primer vistazo del gabinete de retratos de Jorge Fuembuena para A song for my mother parecería cómodo y complaciente, la mirada atenta revela la frustración encapsulada y el terror sufriente. Y del refugio y el confort, que generan las pinacotecas antiguas, siempre inofensivas, pasas al desagrado y la inquietud Digamos que el perdón que concede el paso del tiempo a las obras de arte de la historia, eximidas de la culpa que en otra época atesoraron representando dictadores, batallas sangrientas o mitos escabrosos, es mágicamente desactivado, a través del proceso de intervención que Jorge ha incluido en cada una de ellas. Un mínimo gesto de bisturí digital las hace hablar en toda su crudeza, en toda su enfermedad.

Por su parte, el video de Alejandro Ramírez que a través de apropiaciones de secuencias cinematográficas relaciona el comportamiento de hombres y mujeres, vuelve a hablarnos de los códigos estéticos occidentales que envuelven las relaciones personales y en concreto los afectos Referentes visuales que siguen promocionando mujeres sensibles y frágiles frente a hombres fríos y poderosos; y mujeres irracionales y apasionadas frente a hombre calculadores e intelectuales, entre otros dúos bien arraigados En el montaje de Ramírez de nuevo se alude a toda la carga emotiva reprimida que se anida entre el deseo y la decepción: a las esperas, las angustias y los silencios De algún modo se crean “parejas” que evolucionan hacia un difícil entendimiento por el desfase entre códigos. La obra actualizaría la paradigmática Boy Meets Girl (1978) de Eugenia Ballcels, en la que capturando imágenes de la prensa diaria de hombres y mujeres, creaba un mecanismo similar al de una máquina tragaperras, para azarosamente combinar parejas. El experimento confirmaba lo que en los 70 era una realidad: los hombres que aparecían en los medios lo hacían por su profesión: el Papa, un político, un deportista famoso…mientras las mujeres, en la mayoría de los casos, eran meras acompañantes “florero” sin actividad conocida.
La obra de Alejandro Ramírez serviría a la perfección para recuperar los parámetros críticos de Laura Mulvey en su clásico ensayo Placer Visual y Cine Narrativo (1975), en el que se desvelaba como la mujer del cine clásico de Hollywood acaparaba los papeles pasivos en la mayoría de los filmes. Y aunque este análisis haya sido deconstruido y ampliado a lo largo de las décadas, y sobretodo contestado por un cine con mejores y más activos papeles para la mujer, en esencia sigue válido en muchos de los productos audiovisuales que consumimos.
Vivimos en un mundo controlado por la imagen que de un modo soterrado transmite valores injustos y egoístas. Estereotipos de lo femenino y de lo masculino dañinos y unificadores siguen campando a su anchas en una época de descrédito de ideales. El rearme del machismo genera más violencia contra la mujer. Parecemos olvidar lo importante que es reeducar comportamientos asociados a los sexos que desde hace mucho sabemos que no son connaturales a la anatomía sino códigos que actúan como un ritual estandarizado, tal y como lo explicó muy bien Judith Butler. Pervertir, trastocar y deconstruir estos rituales plantearía nuevas vías; por eso el análisis activo de las imágenes que nos rodean y su contraataque deben preocuparnos.
El error ha sido tal vez solo hacer caso de los grandes signos, de los aspavientos de la masculinidad más rancia y de la feminidad más edulcorada, y no prestar atención a los pequeños gestos que se esconden detrás de la piel regia, y del maquillaje caro, de una ojeras humilladas, de un rastro de sangre, de una mirada doble.
Fuembuena y Ramírez sin ofrecer una interpretación unívoca de su proyecto, ni una tesis cerrada, fabrican el clima necesario para detenerse, para hacer brotar el comentario y la reflexión personales, solo interrumpidos por esa banda sonora de la mujer sin voz que tal vez represente la tercera pieza de la exposición; ese tocadiscos mudo, sin más sonido que el chirrío suave de la aguja girando.

El avión empezó a bajar y su voz se hizo más tenue hasta que diluyó su historia en la nada. El ruido del aterrizaje trituró el tema con contundencia. Con el avión en la pista entendimos que se había acabado el tiempo de las confesiones y regresó lo vacuo y accidental Volvimos a hablar de cuestiones intrascendentes. Enseguida se ofreció para que su chofer me acercara a mi alojamiento, pero le contesté que el curso al que asistía ya se hacía cargo. Nos despedimos. Nos deseamos suerte. Nos intercambiamos el móvil y todavía hoy nos cruzamos de año en año tímidos mensajes que han ido positivamente evolucionando: todo igual, esto no se acaba nunca, aguantando, mejor, mucho mejor.

Boy 1904.
Alejandro J. Ratia

Jorge Fuembuena reúne en su trabajo términos que parecen contradictorios. Lo subjetivo y lo impersonal, por un lado, la claridad y el misterio, por otro. Ello es interesante para entender su fotografía. La unión de contrarios otorga a sus creaciones un aire de extrañeza, cosa que nos recuerda al no se sabe qué que caracterizaba a los fotogramas de Stanley Kubrick.
Fuembuena utiliza la luz de forma simbólica. Huyendo del juego con las sombras y de los convencionalismos de la fotografía, dibuja sus motivos con precisión, en un sentido próximo a los maestros del Quattrocento. Baste para ello con fijarnos en sus retratos de perfil de la serie Teens. Pero si nos fijamos en los retratos de espaldas de otra serie, la titulada The New Life, cuyos modelos son niños, nos encontraremos con una iconografía romántica, heredada después por el cine. Estos niños enigmáticos, disfrazados de adultos, y que miran hacia un fondo blanco, sin contenido, se abstraen de la realidad externa para explorar su identidad en construcción. Como en un espejo extraño, esa mirada oculta nos remite a nosotros mismos. Si alguien nos mirase mirándolos se apreciaría mejor este efecto.
En el Museo de Albarracín, esa miradas que no vemos de los niños se enfrentan a un conjunto de imágenes exquisitas y prácticamente vacías, donde el motivo casi único es la línea del horizonte: los paisajes de la serie Endless. El clasicismo y limpieza de cada fotografía individual se barroquiza en el montaje agregando significados nuevos, introduciéndonos en un laberinto de relaciones.
Desde su aparente frialdad, Fuembuena maneja con eficacia los códigos de lo sublime y de lo siniestro. Vale para él lo que se suele decir sobre las historias de Terror, que son más eficaces si se desarrollan a plena luz del día, como sucede con las apariciones de los fantasmas en Otra vuelta de tuerca. La gélida belleza de los coches accidentados de la serie Crash, con sus airbags blancos disparados, captada con la perspectiva imposible del conductor muerto o malherido, es un ejemplo excelente de esta inquietud blanca, diurna e implacable a la que nos enfrenta Jorge Fuembuena. Lo mismo puede decirse de sus peculiares bodegones, que remiten a un ámbito hospitalario y aséptico, pero no ajeno al dolor, no ajeno, por lo tanto, a las realidades más ciertas.

A good man
Jerónimo Álvarez.

Conocí a Jorge antes que a sus fotos, y cuando se trata de fotógrafos, me suele pasar al revés. Pero si algo define su trabajo es esa cosa que muchas veces observamos con perplejidad en la relación de un amo y su perro: esa gran similtud del uno con el otro, ese nosequé inherente que muchas veces hacen de estas parejas un pack indisoluble. El uno no exitiría sin el otro.
Nada más conocer la obra de J.F presentí este extraño y seductor suceso. Jorge es su obra y viceversa. No se pueden pegar más. Su rostro es relajado, seductor, luminoso, contemporáneo, como sus imágenes. Esta simbiosis me hizo determinar rápidamente que no sólo me cautivaron ambas partes de ese todo por separado, sino que le daban una coherencia difícilmente reconocible en otros autores de mediana edad (ya no tan joven , amigo mío).
Así pues, al disfrutar de los retratos sigilosamente preparados por JF, también puedo imaginar su figura alargada, de pantera rosa gótica haciéndo de sus silencios y su mirada desconcertante toda una puesta en escena que inevitablemente (y afortunadamente) hacen mella en el retratado. De momento, no le hacen falta grandes infraestructuras tecnológicas ni trabajar con un equipo de profesionales que salvaguarden su buen hacer. De momento le gusta cocinar sólo, tranquilo, para dos. Su comensal, el retratado, se sumerge inevitablemente en los aromas y maneras de este gran autor cuyo sello principal es el de dar todo lo que es.